miércoles, 4 de mayo de 2011

Los exitosos aparentes

         La arquitectura de nuestros intentos focaliza barrios incendiándose. Se erigen en la mente, no las podas, sino la propagación de setos de cardales y caldenes oxigenando niveles de comprensión.
         La silla de grapia o cambiar las actitudes de un vecindario siguen teoría de sistemas (plan, programas y proyectos). Nadie puede explicar apuros ni la validez del tiempo pero en el fondo desconfiamos del efecto doppler aplicado a realidades sociales.
         No encontramos referencias y se nos ocurre romper el molde enfrentándolos. A todos. La capa impermeable sólo rodea nuestros oídos internos.
         Sólo nos motiva la inspiración. Nos ayudan los amigos que van surgiendo. Nada aportan las teorías ni los próceres. No están en el hoy y distraen.
         El barco navega hacia adentro creyéndolo, sabiendo que debemos ser atemporales.
         Pero nos encontramos con ellos todos los días, los escuchamos nosotros.
         Nos dicen otra cosa con sus ojos, la vida única se les va pasando sin ver caminar los sueños nacidos desde la profundidad. ¿Sólo por cansancio o falta de voluntad? ¿sólo porque la capacidad de análisis está predispuesta nada más que para enormes ideas que siguen a una sola voz, la propia? ¿Sólo por no reconocer no estar preparado para involucrarse en verdaderos y concretos planes de desarrollo social debido a que pueden comprender el mecanismo de aprovechadores y asistidos pero no creen en cambiar ellos mismos?
         No cambiamos a nadie tanto más de lo que podemos cambiar nosotros.
         No les gusta que les demostremos que en lugar de la culpable voluntad, las causas de sus negaciones ni siquiera son miserables, sino, intelectuales.
         Sólo les conviene estudiar al ser humano y a la sociedad hasta el punto en que les producen ganancias.
         Con el discurso se entretienen.
         Lo único que cambian son sus propios progresos.
         No cambian nada. Ellos no cambian nada. No les conviene.
         Son burros de juguete. Aristócratas de cotillón. Todo les cabe en una maldita valija. El acento del barrio les sienta mal.
         Les gustaría hacerlo pero no saben.
         No saben.
Adrián

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